No recordarás la primera noche que supe que existías.
El silencio era distinto,
y dentro de mí comenzó una vida que cambió para siempre la mía.
No recordarás cómo te hablaba antes de conocerte,
ni cómo mi cuerpo se convirtió en refugio
mientras mi alma se preparaba para sostenerte.
No recordarás la primera vez que respiraste en mis brazos,
ni el temblor de mis manos al descubrir
que el amor más puro del mundo
tenía tu nombre.
No recordarás las madrugadas sin sueño,
las canciones inventadas,
las promesas que te hacía en voz baja cuando dormías.
No recordarás cómo contaba tus respiraciones
para convencerme de que todo estaba bien.
No recordarás las veces que me mirabas y sonreías sin motivo,
y yo sentía que con eso se curaba cualquier herida.
No recordarás las tardes de juegos infinitos,
ni cómo me reía cuando te enredabas en mis brazos
pidiendo “solo un ratito más”.
No recordarás los días en que dudé de mí,
en que sentí que no sabía ser madre
y aun así seguí,
porque tu existencia me daba fuerza.
No recordarás los primeros pasos,
ni cómo temblaba al soltarte y dejarte avanzar.
Pero yo sí.
Recordaré cada tropiezo,
cada “mamá”,
cada caída seguida de un abrazo.
Y aunque un día ya no quepas en mis brazos,
ni busques mi mano para cruzar la calle,
seguiré recordando lo pequeño que eras,
y lo inmenso que me hiciste sentir.
No lo recordarás,
pero yo sí.
Y cada vez que te mire,
en cualquier etapa,
reconoceré en tus gestos
a todas las versiones de ti que he amado.
Porque la memoria de una madre
no se guarda en la mente
se guarda en el alma.
Lo que las madres guardamos en el alma
La maternidad está hecha de instantes que parecen pequeños, pero que lo cambian todo. Esos recuerdos que los hijos olvidan son, en realidad, las huellas que quedan grabadas en el corazón de una madre.



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