Disciplina no es sinónimo de castigo. Muchas familias confunden la disciplina con gritos, amenazas o castigos que buscan obediencia inmediata, pero que dañan el vínculo. La verdadera disciplina significa enseñar y acompañar, no controlar ni humillar. Es un camino de amor firme, donde se cultivan habilidades que serán la base del futuro de tu hijo: empatía, autocontrol, resiliencia y cooperación.
Diferencia entre castigo y disciplina
El castigo se centra en el error, busca frenar la conducta en ese instante, pero genera miedo, resentimiento y distancia. La disciplina en cambio se centra en el aprendizaje. Su propósito es que el niño comprenda lo que pasó y pueda hacerlo mejor la próxima vez. Cuando aplicas disciplina positiva refuerzas el vínculo y ayudas a que tu hijo confíe en ti.
Cómo aplicar disciplina positiva en casa
Conexión antes que corrección
Antes de señalar el error, conecta. Respira, míralo a los ojos, acompaña con un gesto suave. La conexión abre la puerta al aprendizaje.
Nombrar la emoción
Poner palabras a lo que sienten les ayuda a regularse. Puedes decir: “Entiendo que estás enfadado porque querías seguir jugando”. Al sentirse comprendido, tu hijo baja la intensidad de su emoción.
Ofrecer alternativas
En lugar de un “no” seco, dale opciones seguras: “No podemos correr dentro de casa, pero sí en el jardín” o “Ese juguete no lo puedes prestar ahora, pero puedes ofrecerle este otro”. Así aprende a resolver con flexibilidad.
Ser ejemplo
Los niños aprenden más de lo que ven que de lo que escuchan. Si tú gestionas tu enojo con calma y respeto, ellos incorporarán esa forma de relacionarse con el mundo.
Disciplina que siembra raíces
La disciplina positiva no significa permisividad. Implica firmeza con ternura y límites claros desde el respeto. Con este enfoque tu hijo no solo aprende qué hacer, sino que construye seguridad y confianza en sí mismo. Un niño educado con amor y guía respetuosa será un adulto con raíces fuertes y alas para volar.
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Johannes Ruiz Pitre – Mimitos de Mamá
El amor no malcría



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