Hijo querido…
Hoy no quiero darte consejos, ni advertencias, ni instrucciones.
Hoy solo quiero escribirte con el corazón en la mano, como lo hacía cuando eras pequeño y te dejaba notitas en la lonchera, con dibujitos de flores y corazones.
Te veo hacer las maletas, tomar decisiones, construir tu camino. Y no te imaginas lo hermoso —y lo desafiante— que es para mí verte partir.
No porque no quiera que te vayas, sino porque todo en mí quiere que seas libre… y sin embargo, hay un rinconcito en mi pecho que quiere detener el tiempo solo un ratito más.
Creciste.
Y con cada paso que das lejos del nido, yo confirmo que la crianza no fue en vano.
Que sembramos con amor, con paciencia (a veces más paciencia de la que creíamos tener), y que hoy floreces con alas propias, fuertes, y llenas de sueños.
No tengo miedo por ti.
Tengo gratitud.
Porque tu partida no es un abandono: es una declaración de vida.
Y eso, hijo mío, también es amor.
Me quedo aquí, como se quedan los árboles cuando el viento se lleva las hojas: con la certeza de que volverás cuando lo necesites, cuando quieras refugio, o simplemente cuando te antoje un abrazo de esos que no piden explicaciones sino conexión emocional.
No olvides esto:
Aquí siempre habrá un lugar para ti.
No importa cuántos años pasen, ni cuántas ciudades recorras.
Tu hogar no es solo esta casa.
Tu hogar es este amor que nunca te va a soltar, aunque ya no te lleve de la mano.
Cómete el mundo.
Haz tu vida.
Sé tú.
Y cuando quieras,
cuando lo necesites,
aquí estaré.
Con los brazos abiertos,
con sopita caliente,
y con ese amor de mamá que no exige, solo espera.
Y bendice.
Con todo mi amor,
Tu mamá,
Johannes Ruiz Pitre



Leave a Comment