En un mundo donde muchas veces se valora más tener la razón que tener corazón, la empatía se convierte en un regalo revolucionario. Y sí, aunque algunos nacen con una sensibilidad más afinada, la empatía también se aprende, se cultiva… y el mejor lugar para sembrarla es el hogar.
Porque no se trata solo de enseñar a decir “gracias” o “perdón”, sino de formar corazones atentos, que sepan mirar al otro y decirle —con gestos, palabras o silencios—: te veo, te escucho, me importas.
¿Qué es realmente la empatía?
Desde una perspectiva neurocientífica, la empatía es la capacidad de reconocer, comprender y compartir los sentimientos de los demás. Se activa en áreas del cerebro como la corteza prefrontal, la ínsula y el sistema límbico. Es decir, no es solo una emoción: es también una habilidad cognitiva que se puede fortalecer con la experiencia, el ejemplo y el acompañamiento.
Y es en casa, desde la más temprana infancia, donde se aprende ese “idioma del alma” que nos conecta con los demás.
Cómo sembrar empatía desde casa
- Nombrando las emociones
Cuando ayudamos a los niños a identificar lo que sienten —“Estás frustrado porque no salió como querías”— les damos un mapa emocional para reconocer también lo que sienten los demás. - Modelando la escucha atenta
Cuando nos detenemos de verdad a escuchar sus historias, incluso si son sobre dinosaurios imaginarios o peleas con lápices, les enseñamos que lo que sienten importa. Y que así también deben escuchar a los otros. - Validando sus vivencias
Nada mata más la empatía que minimizar el dolor. Decir “no fue para tanto” o “no llores por eso” es cerrar la puerta a la emoción. En cambio, decir “entiendo que eso te doliera” es abrir una ventana al consuelo. - Mostrando que todos somos humanos
Cuando pedimos perdón, cuando admitimos que nos equivocamos, estamos enseñando que nadie es perfecto, y que la compasión empieza por uno mismo. - Leyendo juntos historias que emocionan
Los cuentos son una vía poderosa para imaginar la vida en otros zapatos. Después de leer, podemos preguntar: “¿Cómo crees que se sintió ese personaje?” o “¿Tú qué habrías hecho?” - Celebrando los gestos de bondad
Cuando nuestro hijo comparte su merienda, consuela a su hermano o defiende a un amigo, reconozcamos esos actos: “Qué bonito lo que hiciste, pensaste en cómo se sentía el otro.”
La empatía no se impone, se contagia
Criar hijos empáticos es también una forma de sanar al mundo. Porque quien siente al otro, no lastima. Quien comprende, no juzga. Quien se pone en el lugar del otro, no discrimina.
Y aunque a veces nos sintamos cansadas, abrumadas o llenas de dudas, basta un pequeño gesto —una mirada que escucha, un abrazo que contiene— para seguir enseñando esta valiosa lección de humanidad.
En casa, con amor, paciencia y presencia, podemos hacer que la empatía florezca como una flor que da sombra, perfume y cobijo a los demás.
Johannes Ruiz Pitre



Leave a Comment