Hay un momento en la infancia —casi siempre bajo el sol de la tarde— donde el asombro se hace carne:
un niño descubre su sombra.
Cuando un niño descubre por primera vez su sombra bajo el sol, algo mágico y silencioso ocurre:
el asombro despierta,
la curiosidad se estira,
y la imaginación comienza a jugar.
Allí está, una figura que le imita cada paso,
que baila cuando él baila,
que corre cuando él corre,
que se esconde cuando las nubes se atreven a tapar el sol.
“¿Eres tú o soy yo?”, parece preguntar con los ojitos entrecerrados.
Y en ese descubrimiento simple ocurre una chispa mágica:
el niño se da cuenta de que hay partes de él que no puede tocar, pero que existen.
Que hay cosas que no se ven, pero lo acompañan.
Que el sol no solo calienta, también revela.
Descubrir la sombra es una de las primeras metáforas vivas que la infancia nos regala.
Nos enseña que estamos hechos de luz…
pero también de sombra.
Y que no hay que tenerle miedo.
Porque la sombra no asusta,
cuando se descubre con el corazón abierto
y los pies descalzos en la tierra cálida.
La sombra es compañera,
es juego,
es reflejo,
es la primera pista de que somos más de lo que creemos.
Y qué bonito es cuando los adultos, en lugar de romper el hechizo con prisas,
se agachan, dibujan siluetas en el suelo con tiza,
o se tumban junto al niño a ver cómo la sombra crece o se encoge según la hora del día.
Porque ahí no solo se enseña ciencia o curiosidad.
Se cultiva el alma.
Y así, con una carcajada,
el niño corre otra vez bajo el sol,
dejando que su sombra le siga
como un susurro que dice:
“Siempre estaré contigo”.



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