Cuando el amor también se cansa
Para ti, madre que siente todo, incluso cuando nadie lo ve.
Hay momentos que no caben en las fotos.
Hay días que no se suben a redes ni se cuentan con palabras bonitas.
Son esos días en los que ser madre no se siente mágico, sino inmenso.
Y agotador.
Hay días que nos muerden.
Días en que el cuerpo no nos pertenece, en que la piel se vuelve memoria viva de todo lo que fuimos, de todo lo que estamos siendo.
Días en que esa pequeña criatura —tan pura, tan intensa— nos exige el alma entera, sin relojes, sin tregua, sin distancia.
Hay noches silenciosas que no tienen luna.
Noches en las que arden los pechos, duelen las entrañas, sangran los ojos del cansancio.
Y aun así, seguimos.
Porque nadie nos contó —al menos no con la verdad desnuda— que ser madre es también atravesar la sombra.
Que no siempre hay risas, que a veces hay lágrimas escondidas entre los pliegues de una sábana mal tendida o en el fondo de una taza de café frío.
Nadie nos dijo que una ducha puede sentirse como un premio, que un abrazo puede salvar el día, que el silencio puede pesar más que el llanto.
Y entonces, cuando sentimos eso… nos culpamos. Nos juzgamos. Nos decimos: “¿cómo puedo sentir esto si amo tanto a mi hijo?”
Pero, mamá, ¿sabés qué? Todo eso también es amor.
El amor también se cansa. El amor también se aburre. El amor también tiene miedo.
Y no, no deberías hacerlo sola.
Es válido sentir. Es válido caer. Es válido pedir.
Tu transformación es sagrada, pero no tiene que ser solitaria.
Todo esto pasa.
Y aunque hoy te parezca que la noche no termina, volverá la calma.
Volverás a reconocerte.
Y en medio del desorden, verás que floreciste. No perfecta, no intacta… pero más tú que nunca.
Aquí estoy.
Para recordártelo.
Con todo mi corazón.
Johannes Ruiz Pitre



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