Cuando llega el día del parto
Nadie te avisa del momento exacto.
No suena una campana,
ni aparece una estrella fugaz que diga:
“Hoy vas a conocer al amor de tu vida.”
Pero algo cambia.
El cuerpo lo sabe.
El alma lo presiente.
Y entonces…
empieza.
No importa cuántos libros leíste,
cuántas clases tomaste,
o cuántas veces soñaste con este instante.
Nada se parece a este momento real.
Porque no es solo el cuerpo el que se abre…
es el corazón,
es el tiempo,
es la historia.
Es el día en que todo se vuelve piel
Ese día no se olvida.
No por el dolor.
Sino porque todo —todo— cobra otro sentido.
Respiras distinto.
Miras distinto.
Amas distinto.
Es un viaje hacia ti,
para poder traer al mundo lo que llevas dentro.
Gritas.
Lloras.
Te rindes.
Y en esa rendición, te haces fuerte.
Más fuerte que nunca.
Más mujer.
Más madre.
Más tú.
El cuerpo como templo, el alma como guía
Puede ser un parto largo o breve.
En casa, en hospital, con luces tenues o monitores.
Pero lo esencial no cambia:
es el día en que das a luz una vida… y una nueva versión de ti misma.
Y mientras empujas,
no solo sale tu bebé…
también sale todo lo que ya no necesitas:
el miedo,
la culpa,
la espera.
Y en su lugar entra algo nuevo:
una certeza que te atravesará para siempre.
“Ya soy mamá.”
Y entonces lo tienes en brazos…
Y todo lo vivido se reduce a un instante.
Ese en el que escuchas su llanto,
y el tuyo también.
Ese en el que no sabes si reír, gritar o quedarte en silencio.
Ese en el que el mundo se detiene.
Porque llegó.
Porque ahora sí.
Porque por fin.
A ti, que estás por vivirlo:
No hay forma correcta de parir.
Solo hay una forma verdadera:
la tuya.
Confía en tu cuerpo.
Confía en tu instinto.
Confía en ese bebé que también trabaja contigo.
Los dos están naciendo.
Y aunque aún no se han mirado a los ojos,
ya se reconocen desde siempre.
Consejo emocional:
No hay parto perfecto, solo partos vividos con verdad.
Permítete sentir orgullo, ternura, rabia, agotamiento, plenitud.
Todo eso también es nacer.
Johannes Ruiz Pitre



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