El latido compartido: Cuando dos corazones se encuentran antes de conocerse
Hay una magia secreta que se enciende en el instante en que una vida comienza a gestarse dentro de otra. No hace ruido. No necesita palabras. Es apenas un susurro, un pulso suave que marca el inicio de un lazo eterno. Desde el primer latido diminuto, desde esa primera célula que decide multiplicarse con esperanza, ya empieza el vínculo más puro y misterioso que existe: El de una madre con su bebé en el vientre.
No se ven, pero se sienten.
No se conocen, pero se reconocen.
En el vientre, el bebé escucha el mundo a través del filtro del corazón de su madre. Escucha su risa, siente sus nervios, reconoce el ritmo de su andar, se acuna con su respiración. Y ella… ella empieza a descubrir que el amor puede ser tan inmenso, tan abrumador, incluso antes de ver un rostro o acariciar una mejilla.
Hay días en que la madre le habla bajito, casi como si sus palabras fueran caricias. Otros días solo le canta, como quien tararea su propia esperanza. Y aunque no siempre lo note, hay un lazo invisible que va creciendo con cada palabra, con cada lágrima, con cada antojo inesperado y con cada noche de insomnio.
Ese lazo no tiene forma, pero se siente como una cuerda hecha de ternura, paciencia y sueños compartidos.
Un vínculo que florece en silencio.
Un lazo tejido con los hilos del alma.
Y cuando llega el momento del nacimiento, no es el inicio, sino una continuación. Porque ese bebé ya conoce a su madre. La ha sentido por dentro, literalmente. Y ella, aunque aún no conozca el color exacto de sus ojos, ya lo ama con toda la fuerza de su ser.
El embarazo no es solo un proceso biológico… Es un viaje espiritual. Un poema sin palabras. Un ensayo de amor incondicional que se escribe con el cuerpo, se firma con el corazón y se recuerda para siempre.
Johannes Ruiz Pitre



Leave a Comment